Hay algo profundamente humano —y a la vez peligroso— en cómo procesamos el dolor colectivo. Con el tiempo, la mente se protege y normalizamos lo que debería escandalizarnos.
Al hacerlo, enviamos un mensaje silencioso pero claro a la clase política: pueden seguir así, porque nosotros seguiremos aguantando.
Nada cambia… hasta que una tragedia cercana nos despierta del letargo.
Eso fue lo que ocurrió con el caso de Carlos Manzo.
Su vida tenía el mismo valor sagrado que la de las miles de personas que hemos perdido por violencia, desapariciones, accidentes o crisis de salud. Pero su muerte tocó una fibra distinta; una que compartimos como país. Abrió una herida que muchos tratábamos de ignorar bajo la anestesia de la rutina.
Carlos Manzo era un héroe Mexicano de este tiempo y no los robaron cuando apenas iniciaba su potencial y sus efectos a nuestro México.
Nos recordó que detrás de cada cifra fría hay un nombre, una historia, una familia rota y un posible futuro que no fue.
Y ahí está el pro…




