Durante tres décadas, Norteamérica apostó a una idea simple:
si comerciábamos más, todo lo demás eventualmente se acomodaría solo.
Y en parte funcionó. Las fábricas se conectaron. Las cadenas de suministro cruzaron fronteras. Las economías comenzaron a producir juntas.
Hoy, Estados Unidos, México y Canadá operan una de las plataformas industriales más integradas del mundo.
El comercio entre Estados Unidos y México supera ya un trillón de dólares al año. Millones de empleos en los tres países dependen de cadenas de suministro que cruzan la frontera varias veces antes de convertirse en un producto final.
La producción ya es continental. Pero cometimos un error de cálculo. El comercio avanzó rápido. Las instituciones no.
Y esa brecha empieza a convertirse en uno de los mayores riesgos económicos del continente.




