La semana pasada mi sobrino leyó el Paper I de esta serie (The Hundred-Year Divergence) y le hizo pensar en Why Nations Fail, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. Ya había escuchado del libro, pero nunca lo había leído. Por su recomendación, y porque me fascinan estos temas, lo compré y ya voy muy avanzado, por lo que seguro tendrá impacto en la serie.
A las pocas páginas me encontré con mi pasado y mi presente: Ambos Nogales.
Dos ciudades con el mismo nombre, el mismo desierto, el mismo clima y las mismas familias. Por generaciones hemos vivido siendo parte de una sola comunidad, mientras debajo de nosotros operan dos sistemas de gobierno y de economía completamente distintos.
Toda la vida vi la diferencia y nunca pude entender cómo las cosas más básicas podían ser tan distintas de un lado y del otro.
De un lado, calles en buen estado, semáforos que servían, señalización clara, patrullas modernas y una ciudad pensada a propósito.
Del otro lado, cuadra tras cuadra, faltaban esas mismas cosas básicas y mucho mas
Nogales tiene una topografía distinta a cualquier ciudad porque está llena de cerros, lo cual, hasta cierto punto, es similar a San Francisco (pero sin mar y unos detalles mas jajaja): una ciudad hermosa si se sabe aprovechar, y con un clima muy bueno porque está alto sobre el nivel del mar.
En el lado americano aprovecharon esos cerros y diseñaron la ciudad entendiendo su naturaleza. En Nogales, Sonora, los cerros se llenaron de “|paracaidistas” que fueron aprovechados por grandes terratenientes para obligar al gobierno a meter servicios. Se ve la pobreza por todos lados, no hay suficientes servicios y no hay calles que conectan bien la ciudad.
Toda la gente de Nogales vive atrapada entre cerros que no se pueden cruzar, el ferrocarril que partió la ciudad en dos, el tráfico pesado y la frontera con Estados Unidos.
Lo que el libro me dio fue una explicación muy detallado de algo que no terminaba de entender en mi cabeza.
Nogales, Arizona, y Nogales, Sonora, viven bajo sistemas y reglas distintas, y con el tiempo, bajo culturas distintas de ciudadanía y de trabajo.
De un lado hay instituciones que funcionan, crédito accesible y competitivo, estado de derecho, contratos que se sostienen, cortes que ayudan a resolver un pleito, y una autoridad que respeta y se hace respetar.
Del otro lado está el mismo talento, la misma ética de trabajo y las mismas ganas de querer más para la vida de uno. Pero ese esfuerzo choca con un sistema que no está diseñado para sacarle el máximo al ciudadano.
Al paso de los siglos, sin duda esto impacta en el nogalense de Sonora. Es gracias a las inversiones de las maquiladoras que el nogalense se mantiene con buenos salarios y competencias profesionales. Sin embargo, no se comparan las posibilidades que se te ofrecen de un lado con las del otro.
La misma gente. La misma tierra. Reglas distintas.
Esa conexión humana, que corre junto a una desconexión de instituciones, es la razón por la que empecé a escribir. He pasado la vida viendo a América del Norte funcionar como aliados en el comercio y como mundos muy separados en la vida diaria.
Un camión mueve un producto por todo el continente bajo reglas aduanales y de transporte ya pactadas, mientras la gente que construyó, vendió y transportó ese producto vive con accesos muy distintos a la seguridad, la justicia, la educación y el capital.
Comerciamos en billones de dólares (trillions USD) y aun así aceptamos esa distancia entre los mismos socios que comercian. Yo me niego a aceptarla como el orden natural de este continente.
El Paper I preguntó cómo una región con tanto talento, tierra, energía, cultura y potencial se quedó tan atrás. Este paper pregunta…por qué las reglas siguen en pie aunque su fracaso ya es evidente para todos los que viven bajo ellas?
Porque le funcionan a quienes las controlan.
La máquina detrás de los discursos
En mis décadas operando negocios he aprendido a detectar fallas en la operación desde el cuello de botella hacia atrás. Si la carga no se mueve, culpar al chofer o al camión no resuelve nada. Uno mapea dónde se detuvo, identifica a las personas clave, entiende las reglas y el proceso, y revisa si alguien se beneficia de que el flujo esté detenido.
Al final, cuando encuentras cómo arreglarlo, casi siempre también encuentras a quién le convenía dejarlo así.
México está lleno de sistemas y subsistemas así. Generan ineficiencias enormes, cuestan oportunidades, no le sirven al ciudadano y sí benefician a unos pocos a costa de los demás.
La mala gobernanza merece la misma disciplina: buscar la causa raíz y corregirla.
Ningún país del Top 10 tiene un sistema perfecto.
Ni Estados Unidos, ni Francia, ni Canadá, ni Australia, ni Corea del Sur, ni Japón. Todos llevan décadas o siglos mejorando. La diferencia es que sus sistemas aprendieron a detectar a los que abusan de las reglas, a expulsarlos, y a corregir las reglas para que abusar sea cada vez más difícil.
Dos ejemplos concretos:
Corea del Sur ha metido a la cárcel a cuatro expresidentes por corrupción; a dos de ellos, Park Geun-hye y Lee Myung-bak, los sentenciaron en 2018 a 24 y 15 años (Korea Times).
Estados Unidos, después del escándalo de Watergate, forzó la renuncia del presidente Nixon en 1974 y aprobó la Ley de Ética en el Gobierno de 1978, que obliga a los altos funcionarios a declarar su patrimonio y creó una oficina permanente de ética (Ethics in Government Act).
En ningún caso el sistema era perfecto. En los dos, el sistema reaccionó y se corrigió. Porque no hacemos esto en Mexico cada ves que vemos que el sistema nos falla?
Los fracasos de América Latina abundan:
Caen presidentes, se reescriben constituciones, desaparecen partidos, los generales se vuelven políticos, los empresarios se vuelven reformadores, y los reformadores terminan dueños del mismo sistema que prometieron desmontar.
Es curioso no ver casos de exito en Latinoamerica cuando tenemos ejemplos muy buenos de vecinos. Esto se explica con mucha claridad en Why Nations Fail y no tiene nada que ver con la gente.
El problema se origina desde la conquista de gran parte de Latinoamérica, la forma en como se llevo a cabo a diferencia de Estados Unidos y Canadá. Aun con todo esto, toda sociedad o país puede decidir reformarse y cambiar de rumbo como lo hizo Corea del Sur y China.
Debajo de todo ese movimiento, siempre aparecen los mismos puntos de control y las mismas fallas de fondo:
Los tribunales, porque el poder necesita protegerse de las consecuencias.
Las autoridades electorales, porque el poder necesita controlar cómo se le puede quitar.
Las empresas del Estado y los contratos públicos, porque el poder necesita dinero.
Los medios, porque el poder necesita que la gente solo vea una parte de la historia.
Las fuerzas de seguridad, porque el poder necesita una respuesta cuando se le acaba el apoyo.
Un mercado que no está diseñado para incentivar la innovación, la eficiencia y la calidad.
Un sistema bancario con poca o nula competencia, muy involucrado en el crédito al gobierno.
Un sistema legal débil, que no le da al emprendedor el respaldo legal que necesita.
Un sistema educativo pobre, porque no es prioridad.
Lo increíble es que la mayoría de los países de América Latina fallan en varios de estos puntos y, aun así, en la foto se presumen como democracias.
Los congresos sesionan. Hay “elecciones”. Hay partidos que representan a las distintas facciones. Los jueces usan la toga. Los periódicos siguen imprimiendo. Y la constitución se presume en las paredes de los palacios de gobierno.
Las instituciones conservan el título de democracia y de capitalismo, pero la realidad es otra. Un sistema político y económico que no mejora y que no compite por ser mejor que los demás es un sistema tomado por intereses de unos cuantos.
Esa es la máquina de captura.
La ideología es solo la pintura. La usan los revolucionarios y la usan los conservadores. La usan los gobiernos militares y la usan los civiles. Funciona con nacionalización o con privatización, con socialismo o con capitalismo de cuates, y con cada mezcla que nuestra región ha inventado.
A la máquina no le importa qué canción esté sonando. Solo necesita el acceso a los controles que le aseguran el poder.
Los árbitros van primero
México vio a la máquina defenderse a sí misma la noche del 6 de julio de 1988.
Esa noche el sistema de conteo se apagó. La frase que quedó en nuestra memoria fue “se cayó el sistema”. Cuando el sistema volvió, Carlos Salinas de Gortari iba camino a la presidencia y Cuauhtémoc Cárdenas no. Las boletas que hubieran podido aclarar lo ocurrido fueron destruidas después.
Los mexicanos lo hemos sabido siempre. Ya hay estudios: investigadores revisaron más de 53,000 actas de casilla y encontraron alteraciones consistentes con fraude en al menos el 30 por ciento, unas 16,000 actas.
Las alteraciones fueron más frecuentes donde no había representantes de la oposición y donde los gobernadores del PRI tenían la organización y el motivo para inflar el resultado (American Political Science Review).
Fue una organización política usando al Estado con precisión para protegerse a sí misma. Sin embargo nuestro sistema electoral está empeorando.
El PRI entendió algo que toda captura exitosa entiende: el árbitro importa más que la campaña.
Un gobierno que controla el conteo puede aguantar a una oposición, porque la gente tarde o temprano se cansa de protestar.
Un gobierno que controla la corte puede darse el lujo de una constitución que dice una cosa mientras se hace otra.
Un gobierno que controla al fiscal puede aprobar una ley anticorrupción sabiendo que nadie de su equipo va a pisar la cárcel.
O por lo menos así ha sido hasta hoy.
Venezuela siguió la misma lógica con otras palabras. Después del paro petrolero de 2002–03, el gobierno despidió a unos 18,000 empleados de PDVSA y los reemplazó por gente leal, no por gente con experiencia, en la empresa que financiaba al Estado. En 2004, la Asamblea Nacional amplió el Tribunal Supremo de 20 a 32 magistrados, llenó los asientos nuevos y aumentó su poder para remover jueces (Human Rights Watch).
Primero capturaron el dinero. Luego siguieron con el freno legal.
Bolivia usó un procedimiento con apariencia más legal. En 2016, los votantes rechazaron en un referéndum que Evo Morales pudiera buscar otro periodo. En 2017, el Tribunal Constitucional decidió que ese límite no aplicaba y le permitió reelegirse de todos modos. En otras palabras, el resultado de una votación directa fue revertido por el mismo tribunal que debía proteger la constitución. Más tarde, el sistema interamericano de derechos humanos determinó que la reelección presidencial indefinida no es un derecho humano (Organización de los Estados Americanos).
Este tipo de captura es la más difícil de ver, porque sigue todos los pasos legales normales. La corte emite un fallo. La autoridad electoral anuncia un resultado. Por fuera todo se ve en orden, pero la decisión ya no refleja lo que la gente votó.
Todos los bandos la han usado
Este argumento va a incomodar a los dos lados, y está bien que así sea.
Tanto la izquierda como la derecha han operado la misma máquina. Ninguna tiene la conciencia limpia. El problema es que cada bando ve con claridad los abusos del otro y trata los propios como si fueran errores sin importancia.
El Chile de Augusto Pinochet mostró que un gobierno puede predicar el libre mercado mientras reparte la riqueza pública entre sus conocidos. SQM, que era del Estado, terminó en manos de Julio Ponce Lerou, exyerno de Pinochet, mediante operaciones que quedaron como el símbolo de la privatización con dedicatoria (Americas Quarterly). Cambió el dueño, pero los mismos de siempre siguieron beneficiándose del Estado.
El Perú de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos dejó la mejor prueba, porque Montesinos grababa lo que hacía. En los videos se ve el dinero entregado a políticos, jueces y dueños de medios. Lo que más pagaba, por mucho, era la televisión: le daba al dueño de un canal cerca de cien veces más que a un juez o a un político, porque le importaba más controlar lo que la gente veía que controlar un juzgado. Adentro del ejército usó los ascensos para lo mismo. Comprar una sola institución le duraba poco; comprar a todas a la vez, la corte, el congreso, la televisión y las fuerzas armadas, le aseguraba el control (Journal of Economic Perspectives, vía Stanford).
Odebrecht convirtió esto en una industria. La constructora brasileña creó una oficina interna, la División de Operaciones Estructuradas, dedicada a manejar empresas fantasma, cuentas en el extranjero y calendarios de pago para sobornos. Admitió haber pagado unos 788 millones de dólares a funcionarios, intermediarios y partidos en tres continentes. Odebrecht y Braskem aceptaron al menos 3,500 millones de dólares en sanciones (Departamento de Justicia de EE. UU.). El esquema cruzó partidos y fronteras porque un contrato público se firma igual, sin importar la ideología del que firma.
Aquí es donde nuestra conversación como región casi siempre falla. Buscamos al culpable que confirma lo que ya pensábamos. Defendemos al político que habla como nosotros. Le perdonamos el atajo porque, según nuestro bando, va hacia algo bueno. Y mientras tanto, la máquina sigue trabajando. Nunca se voltea a ver al sistema fallido, se busca apuntar dedos a las personas, y ese es el grave error.
Las Redes que Enredan
En América Latina sí existen redes políticas reales. El Foro de São Paulo nació en 1990 de una reunión convocada por el Partido de los Trabajadores de Brasil y Fidel Castro, con cuarenta y ocho partidos y organizaciones. Sus reuniones y declaraciones son públicas (Foro de São Paulo). El Grupo de Puebla, fundado en 2019, junta a expresidentes, exministros y líderes políticos, y tiene un brazo jurídico, CLAJUD, que defiende a líderes de izquierda de lo que llama lawfare (Grupo de Puebla).
Estas redes comparten ideas, contactos y defensas entre aliados. Eso está documentado. Lo que no está documentado es un centro único que dé órdenes a cada gobierno y controle todo el dinero de la región. Digo las dos cosas a propósito, porque el momento en que uno afirma más de lo que puede probar, deja de hacer análisis y empieza a hacer propaganda.
La derecha también tiene sus redes: cámaras empresariales, relaciones militares, capital familiar, alianzas con medios y socios internacionales. Algunas defendieron la democracia y la competencia abierta. Otras defendieron privilegios y aliados autoritarios.
La regla debe ser la misma para todos: seguir la relación, seguir el dinero, señalar la decisión concreta, y detenerse donde se acaba la prueba.
La máquina no necesita un cuartel secreto. Se repite sola porque los mismos incentivos existen en cada capital. A una corte se le presiona. A un regulador se le debilita. Una empresa del Estado esconde transferencias. La publicidad oficial premia al que se porta bien. Un mando policial asciende por lealtad. El molde viaja de un país a otro porque funciona.
Lo que sí sobrevive
América Latina ha tenido buenos reformadores e instituciones serias. Muchas reformas murieron porque se hicieron para ganar un caso, no para aguantar la venganza que venía después. Otras sí aguantaron. La diferencia entre unas y otras es el punto central de este paper.
La CICIG en Guatemala fue uno de los mejores intentos de la región. Nació de un acuerdo entre Guatemala y la ONU y trabajó junto a fiscales locales contra redes criminales dentro del Estado. Para 2019 había contribuido a más de 660 procesos y 400 condenas, y ayudó a que el presidente Otto Pérez Molina renunciara en 2015 por el caso de corrupción aduanera La Línea (Noticias ONU). Pero cuando las investigaciones llegaron al círculo del siguiente presidente, su gobierno no renovó el mandato y la CICIG terminó en 2019 (Human Rights Watch).
La CICIG ganó muchos casos, pero dependía de una sola decisión política para seguir viva. Ahí está la diferencia entre un buen golpe y una institución que dura.
Los bancos centrales son el mejor ejemplo de lo que sí dura. Chile le dio independencia al suyo en 1989, Colombia en 1992, México en 1993 y Perú ese mismo año. Ayudaron otras cosas, pero la evidencia de ocho décadas muestra una relación clara: entre más independiente el banco central, más baja la inflación (Fondo Monetario Internacional).
Esa reforma sobrevivió porque echó raíces. Creó profesionales, carreras, reputación y un público que se acuerda de lo que la inflación destruye. Atacar al banco central se volvió más caro que cambiar una ley o correr a un funcionario.
Uruguay enseña algo parecido, y es de mis ejemplos favoritos. Sus partidos, en competencia real, pasaron poco a poco del favor a unos cuantos a servir a todos, porque el rival podía exhibir cualquier exclusión y quitarles votos. La competencia justa terminó dando mejores resultados para todos. Es la misma lógica del libre mercado bien regulado, aplicada a la política.
Costa Rica tomó una decisión firme en 1948: abolió su ejército y con eso cerró una vía tradicional hacia el poder. No todas las decisiones sirven para todos los países, pero fue una apuesta clara que después se pudo ir ajustando.
Chile sumó otra capa en 2001 con una regla fiscal que obligó al gobierno a ahorrar el auge del cobre en lugar de gastárselo, y eso financió la mejor respuesta de la región a la crisis de 2009.
Brasil construyó PIX, un sistema público de pagos instantáneos que hoy usan el 93 por ciento de los adultos, con unas ocho mil millones de operaciones al mes, todas rastreables.
Colombia lo demuestra en tiempo real: su corte, creada en 1991, lleva dos años frenando decretos de emergencia del gobierno actual, uno de ellos tumbado por seis votos contra dos. Esa corte no le responde al presidente al que hoy le pone freno, porque él no la construyó.
Chile, Uruguay, Costa Rica y Colombia construyeron reglas que sobrevivieron a quienes las crearon. Colombia es el caso más claro: la corte quedó lista una generación antes de que existiera el gobierno que hoy la enfrenta.
Diseñar para el peor gobernante
Pasamos demasiado tiempo pidiendo presidentes honestos, jueces valientes, empresarios responsables, periodistas éticos y soldados patriotas. Ojalá los tuviéramos a todos. Pero un país que necesita que todos sean buenos al mismo tiempo para funcionar ya falló en su diseño.
La prueba de una buena institución es simple: tiene que aguantar aunque llegue la peor persona posible a dirigirla. Si no aguanta, está mal hecha.
Un país es de sus ciudadanos, y el gobierno les debe cuentas y resultados. De ahí salen unas reglas de sentido común. Nadie debería poder cambiar a todos los jueces y árbitros en una sola elección. Las cuentas del Estado, los contratos y los conflictos de interés deberían ser públicos y fáciles de revisar. Un ascenso en la policía o el ejército debería seguir reglas profesionales que no cambien cada sexenio. Y el dinero público debería dejar un rastro que no se borre cuando llega un gobierno nuevo.
Una idea me la dejó Miguel Treviño, exalcalde de San Pedro Garza García, Nuevo León, en su documental Construyendo el Norte:
“El problema de México es uno… Los jóvenes más talentosos y de mayor potencial no ven el servicio público como el camino para desarrollarse profesionalmente. Si no traemos a esos jóvenes al espacio de decisión, donde está el dinero público, donde están las facultades, donde está el acceso al micrófono y a la narrativa, donde se decide la mayor parte del rumbo de este país, este país no tiene futuro. Pero si los traemos… ahí está el talento, y ahí es donde nuestro país puede despegar.”
Me dejó un gran mensaje ese video, y me hace todo el sentido del mundo lo que dice Miguel sobre los mejores jóvenes y el servicio público. Soy creyente de que la innovación es el camino al progreso. Si los jóvenes no participan en nuestras instituciones, en la mejora continua y en la innovación de nuestros sistemas, no vamos a ver a un México diferente.
La idea de fondo es que capturar el poder salga caro, se vea a la luz y se pueda revertir.
Ese trabajo no tiene la emoción de una campaña, y qué bueno.
El drama político siempre nos empuja a buscar a un salvador o a un enemigo. Arreglar las instituciones hace lo contrario: reparte el poder y le da a más gente la capacidad de decir “no”.
Por eso también necesita gente fuera del gobierno que las cuide. El abogado que defiende a una corte independiente aunque el fallo perjudique a su partido. El empresario que defiende la competencia justa aunque le convenga más el privilegio. El periodista que revisa incluso al bando que él prefiere. Y el ciudadano que se preocupa por el árbitro antes de que el mal fallo le toque a él.
Hoy tenemos algo que las generaciones anteriores no tenían: la tecnología para ponernos de acuerdo entre millones. La mayoría de la gente vive confundida entre lo que le dicen sus políticos y lo que de verdad necesita.
Un país exitoso es el que busca lo mejor para sus ciudadanos y los eleva con instituciones fuertes, tanto en lo político como en lo económico, entendiendo que competimos con el mundo y que no vivimos en una burbuja.
Llevamos demasiado tiempo esperando a un líder que salve a instituciones que los ciudadanos no defendimos.
América del Norte necesita un Norte
Aquí el argumento regresa a casa.
América del Norte ya integró fábricas, campos, ferrocarriles, energía, datos, familias y cadenas de suministro. México, Estados Unidos y Canadá pueden fabricar un mismo producto entre los tres. Ya demostramos que la cooperación crea valor a escala de continente. Lo que no hemos aceptado es la responsabilidad institucional que viene con eso.
Un tratado comercial define de dónde es un producto, cuánto paga de arancel y cómo se resuelve un pleito. Pero un tratado no le da, por sí solo, una buena escuela a un estudiante, crédito accesible a un negocio pequeño, seguridad a una familia, ni la certeza a un inversionista de que el árbitro seguirá en su lugar cuando cambie el marcador.
Canadá es la prueba de que sí se puede. Es un país mediano, pegado a la economía más grande del mundo, que construyó cortes, elecciones limpias y un servicio público profesional. Tiene sus fallas y su corrupción, como todos, pero su sistema tiene más candados para detener y corregir un abuso.
México también ha construido candados así. El Banco de México autónomo cerró la época en que un político podía convertir el gasto en inflación de la noche a la mañana. Las reformas electorales de los noventa sacaron a las elecciones federales del control del gobierno y por eso fue posible la derrota del PRI en el año 2000. Los mexicanos construimos esas instituciones después de vivir lo que había antes. Hoy algunas de esas conquistas están bajo presión, y eso nos debería preocupar a todos en el continente, porque las consecuencias las compartimos.
Una plataforma de producción de primer mundo no se sostiene sobre instituciones débiles y fáciles de capturar. El nearshoring necesita integración de verdad. Que empresas de todo el mundo apuesten por México demuestra que nos ven como un país que quiere modernizarse y fortalecer sus instituciones. El que Estados Unidos y Canadá firmaran un tratado con nosotros le dio al mundo luz verde para confiar en México. Pero no podemos dormirnos en los laureles, porque tarde o temprano se cae el telón.
México es la mayor oportunidad todavía sin cumplir de este continente. El mexicano que escapó del sistema lo demuestra con las remesas y con el impacto que genera, sobre todo en Estados Unidos. Y el mexicano que sigue dentro de una máquina que no le da lo que necesita para producir, prosperar y crear riqueza es el mayor activo que tiene el país.
Sé esto porque vengo de Ambos Nogales.
La línea entre las dos ciudades no separa a dos tipos de gente. Separa a dos sistemas. Uno le da a más personas una oportunidad justa de construir, recuperarse, competir y quedarse. El otro todavía deja que demasiado talento pague de más en inseguridad, en trámites a discreción, en impunidad y en privilegios.
Nosotros, los ciudadanos, debemos darle norte a América del Norte. El gobierno será parte del trabajo, pero la responsabilidad no se delega a la próxima elección. Las reglas son de todos los que viven bajo ellas.
A la región no le faltan buenas personas. Le faltan instituciones que aguanten a las malas.
Sigue: Paper III, La Salida Mexicana / The Mexican Exit.
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Fuentes: American Political Science Review (Cantú, 2019); Korea Times; Ethics in Government Act (EE. UU., 1978); Human Rights Watch; Organización de los Estados Americanos; Americas Quarterly; McMillan y Zoido, Journal of Economic Perspectives (2004); Departamento de Justicia de EE. UU.; Foro de São Paulo; Grupo de Puebla / CLAJUD; Naciones Unidas; documento de trabajo del Fondo Monetario Internacional (2022); documental “Construyendo el Norte” (Miguel Treviño); registro de verificación de la serie v0.2 (2026-07-16) para las adiciones de Uruguay, Costa Rica, Chile, Brasil y Colombia.



